septiembre 24 del 2020
DEJANDO ATRÁS EL MIEDO
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8)
PASAJE COMPLEMENTARIO Lucas 24:48-49, Hechos 2:1-4
También el apóstol Pedro, durante su caminar con el Señor Jesús, y antes de Pentecostés, experimentó una gran debilidad, manifestada en temor y cobardía, que afloraba cada vez que tenía que enfrentar obstáculos y situaciones que ponían en peligro su bienestar o seguridad.
Ante el anuncio que dio el Señor Jesús, acerca de su inminente sacrificio en Jerusalén, Pedro trata de convencerlo que desista, recibiendo una fuerte exhortación por no poner la mira en las cosas de Dios.
Cuando el Señor le manda caminar sobre las aguas, Pedro lo hace por un tiempo, pero luego, al ver el fuerte viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse; miró a las circunstancias más que a Dios, y entonces dudó y ya no pudo ver más milagros a su alrededor.
En otra ocasión, luego de la resurrección, Pedro vuelve a la pesca, al mar, a pesar de que Jesús ya le había revelado qué iba a ser de él: pescador de hombres.
Sin duda, el caso más triste sucede cuando Pedro niega a Jesús a quien creía verdaderamente Hijo de Dios y a quien amaba, esto trajo demasiada tristeza y amargura a su corazón, pues el miedo no deja que nuestro amor madure y seguimos siendo emocionales y egoístas.
Sin embargo, llegó el día de Pentecostés y sucedió lo que transformaría definitivamente a Pedro, en un hombre valiente, aguerrido y tenaz. Sería ungido por el Espíritu Santo y ya nunca más volvería a ser el mismo. Él había obedecido esta vez la orden de ir a Jerusalén, a pesar del peligro que podía correr, y de quedarse reunido con sus hermanos, en oración y ruego, mientras esperaba la promesa que Jesús les había hecho.
La obediencia había abierto la puerta de la bendición para este hombre. El Espíritu Santo pudo venir a morar con él, como lo había hecho con Jesús. Pedro experimentó este cambio, fue consciente de él y continuó haciendo lo necesario, “obedeciendo”, para asegurarse que su transformación había sido para siempre.
HABLEMOS CON DIOS:
“Señor, gracias por este nuevo día en nuestras vidas, por darnos la fuerza y el valor de dejar nuestros miedos, por no dudar más y creer en tus promesas, obedecerte y así recibir Tu bendición y milagros en nuestras vidas, queremos ser llenos de Tu Santo Espíritu, para recibir ese poder que nos transforma, que cambia nuestras debilidades en fortalezas y nos permite vivir para Ti, siendo testigos de Tu precioso amor. Queremos llevarte a todo lugar, que entre la gente seas conocido, de Ti no nos avergonzaremos, eres nuestro Dios, llevaremos tu voz por todo camino, de tu amor hablaremos por todas partes y te llevaremos pues no hay paredes que te puedan esconder”. Amén
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